viernes, 20 de noviembre de 2015

Cristales rotos

Convertirse en un domingo de otoño constante es más difícil de lo que parece.

Saberse vela a la que poco le queda para ser consumida pero que se niega a que la luminosidad de su llama se extinga.

Porque antes todo era fuego, la vida quemaba de lo intensa que podía llegar a ser, un alma bermeja que no se contentaba con quedarse en el banquillo se ha tornado en un témpano de hielo.

En un cúmulo de cristales rotos que me cortan, que consiguen que el único rojo de mi vida sea la sangre que se derrama como una tormenta de abril. 

Eso no es lo difícil. Lo complicado es darte cuenta de que tú eres el cristal que se está agrietando, es fácil determinar el trágico final de un vidrio rasgado, y es convertirse en un puñado de polvo cortante, inconsistente pero dañino.